Tras sufrir un aborto bioquímico estando embarazada de pocas semanas, decidimos esperar unos cuantos meses y volver a intentarlo.
Esta vez salió todo bien y tuve un embarazo normal, sin complicaciones.
Tengo que decir que es complicado ser mujer embarazada y que en el trabajo te traten bien, es muy triste que en estos tiempos se vean los embarazos de esta manera. Recuerdo que intenté disimular mis náuseas, mis mareos, para demostrar inconscientemente que por estar embarazada no iba a disminuir mi rendimiento como trabajadora.
Y en la semana 36 del embarazo tuve un susto, no se si fue instinto maternal, decidí ir al hospital porque sabía que algo no iba bien. Tenía el presentimiento de que tras un fuerte dolor esa misma tarde, había pérdida de líquido amniótico y mi bebé corría peligro.
Recuerdo que llegué a urgencias con mi marido, estuvimos un rato esperando y por fin entré. Sentí miedo, sentí impotencia, me habían visto ya tres médicos de urgencia y me iban a mandar a casa con un tratamiento para hongos (algo que nunca he tenido, ni por supuesto tenía en ese momento). Yo les decía que había ido porque estaba perdiendo líquido y no me hacían ni caso. Llegó una última médica de urgencias. En total esa noche me habían vista cinco ya, y tras volver a explorarme se dio cuenta de que yo tenía razón y el niño tenía que nacer ya. Creo que mi hijo está vivo gracias a ella.
Estuve muchas horas de parto, estaba cansada, agotada, con ganas de acabar ya. Llevaba dos noches sin dormir. El niño al ser prematuro no estaba preparado para nacer y todo fue muy lento. Cuando me iban a hacer cesárea, después de 27 horas de parto, el niño bajó un poco más y con ventosa pudo nacer con parto natural.
Recuerdo mi sensación al verlo, inexplicable. No pude cogerlo. Algo no iba bien. Se lo llevaron a la incubadora porque no podía respirar bien. Estuvo 24 horas en la UCI de neonatos con un respirador, pero se recuperó y una semana después por fin pude cogerlo en brazos. Alegría plena.
Cuando me dieron el alta y él se quedó allí, lo pasé un poco mal. Pero sabía que estaba en buenas manos.
Pronto pudimos traerlo a casa.
Para mí fue una experiencia inolvidable, pero también conocí una sensación de sufrimiento inexplicable, la preocupación de una madre hacia su hijo, desde que nace y durante toda si vida.